
Tras la espera por la re programación de su presentación finalmente recibimos a Malmsteen en nuestro país. Fue en Groove el viernes pasado donde la clásica pared de Marshalls servía tanto como escenografía como anticipo de un espectáculo con un sonido de primera clase, que comenzó cuando los tres músicos que acompañaron al maestro de la guitarra rompieron la pared de humo al salir a escena con total resolución.
A los 53 años, el sueco virtuoso que lleva más de tres décadas de carrera descargó con vigor renovado un torrente de 32 notas totalmente articuladas durante “Rising Force». Desplegó una serie de riffs de arpegios impresionantes con absoluta capacidad para combinar el heavy metal con el fraseo musical del barroco y el período romántico.
Su metal neo-clásico acompañado de su actuación musical se ganó la ovación de su público variado en el que encontramos desde adolescentes hasta hombres experimentados, algunos con sus parejas, escasas pero valiosas mujeres apasionadas y los infaltables aficionados de la guitarra que siempre se acercan a eventos como este. En las expresiones y en el brillo de los ojos de todos ellos se percibía la pasión que sentían y que naturalmente querían retener y disfrutar al cien por ciento, por lo que fueron muchos los celulares y cámaras que filmaban y fotografiaban. Aunque otros más salvajes y cubiertos en sudor emanando frenesí, prefirieron grabarlo todo en sus retinas que observaban al «gordo malmsteen» -como se oía desde el campo entre aplausos, silbidos, hey hey heys, cánticos típicos y ovaciones de reconocimiento a un músico que se lo conoce tanto por su virtuosismo como por haber desarrollado una personalidad de diva.
Yngwie ofreció un show con un componente de teatralidad notable. Incorporó toda clase de trucos en la manipulación de su instrumento, desde simular tocar con los dientes, a tirar patadas de karate, paso por lanzar púas tras movimientos imprevistos, girar con ímpetu hasta crear círculos con su guitarra e incluso arrancar una por una cada cuerda con las manos.
Personalmente, su arrogancia característica no me molestó, digamos que en escena –Y para dar un buen espectáculo de rock pesado- se necesita ser un personaje (al menos un tanto) pomposo para plantarse sobre el escenario con pantalones de cuero con detalles en la zona pélvica, portar una camisa abierta sin remera para permitirnos ver su pecho adornado por una cruz de plata lo bastante grande como para notarla a una distancia pronunciada, junto con de otras joyas llamativas y de mostrarse haciendo lo que lo apasiona, mientras claro, juega con su pelo y deslumbra con sus habilidades.
Ya habiendo recorrido su discografía con clásicos como Seventh Sign, Razor Eater, Heaven Tonight, se acercaba el cierre con I’ll See The Light. Yngwie no dejo de comentarnos que «World On Fire» – su último disco – está a la venta y disponible en itunes.
Tras el breve recordatorio y agradecimientos, se plantó en el escenario con una rodilla sobre el piso, su otra pierna estirada hacia afuera, para entonces pasar con una cancha envidiable su guitarra hacia atrás por sobre su cabeza sin dirigir su mirada hacia donde la arrojaba. Como debía ser, no hubo fallas, en los tres momentos en que el sueco soltó su viola, presto estaba su ayudante esperando para atajarla, y así el show continuaba tan mágico y sublime como solo un maestro de la música sabe orquestar.
El acto abrasador que vivimos el viernes pasado dejó en claro por qué Malmsteen sobresale entre los de su género. El reconocimiento por ser uno de los más grandes, rápidos y excesivamente virtuosos e innovadores guitarristas de los últimos tiempos es bien merecido, sin dudas rotundo de ser un modelo del cual inspirarse.
Cronista: Sofia Valdez
Fotógrafo: Pablo Gándara
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