
Cuando un músico como David Ellefson, asociado a la etapa fundacional de uno de los cuatro grandes del thrash, decide salir a tocar repertorio histórico por su cuenta, lo que se activa no es simplemente una serie de canciones reconocibles. Se pone en primer plano una pregunta más interesante, tal como en qué lugar reside el legado de una banda y cómo sigue circulando cuando cambia su forma original.
La curaduría de las bandas soporte dejó algunas dudas. Mellowdeth fue la primera en abrir con una propuesta vinculada al universo de Megadeth, una relación lógica en términos conceptuales, pero quizás innecesaria en este contexto, considerando que el set principal ya revistaba ampliamente ese repertorio. Más que sumar una nueva capa, funcionó como anticipo redundante. Siguió la banda Ocio, desde zona oeste, que optó por un enfoque más cercano al hard rock con matices modernos y versiones de alto perfil como “Killing in the Name Of” y “Aerials”, decisiones ambiciosas que implican expectativas difíciles de satisfacer; hubo entrega y buena actitud, aunque la interpretación no logró capturar la intensidad original de esos clásicos. Viejo Blanco, por último, mostró una base instrumental firme con una batería muy destacada y energía sostenida, pero el conjunto se apoyó en un sonido menos pesado, con una voz que ocupó cada sección y terminó diluyendo la fuerza que aparecía cuando lo instrumental tomaba protagonismo. En conjunto, las tres propuestas evidenciaron compromiso y oficio, aunque quedaron algo desalineadas con el clima.
Ex miembro fundador de Megadeth, parte esencial del sonido que definió discos clave del género, el nombre David Ellefson quedó ligado a una etapa formativa que ayudó a consolidar una identidad propia. Su carrera atraviesa más de cuatro décadas y, en ese recorrido, su peso nunca dependió de la exhibición técnica sino del lugar que ocupó en la construcción de una historia específica.
A Argentina llegó con Basstory, show que presentó ya en Mendoza, ahora en Uniclub y seguirá viaje hacia Córdoba. Un formato que combina repertorio, recuerdos y relato, y que funciona como un laboratorio donde la tensión entre pasado y actualidad se explora sin luchas por las regalías. Entre tema y tema, Ellefson introduce contexto, comparte anécdotas y enmarca cada canción dentro de una cronología personal que también es colectiva. La propuesta no intenta congelar una época ni reapropiarse de ella, al contrario, la revisita desde otro ángulo.
“Dawn Patrol”, “Hangar 18”, “Tornado of Souls”, “Symphony of Destruction” y “Peace Sells” formaron parte del setlist y tuvieron un reconocimiento inmediato. Más que simples clásicos, son parte de la memoria de varias generaciones. En esa dinámica se produjo una validación mutua, hubo un contrato implícito en lo compartido. Argentina siempre tuvo una relación intensa con el thrash, y Ellefson volvió a mencionar esa conexión sostenida desde los años noventa, celebrando con risas cada coro.
La banda que lo acompañó se conformó por Andrew Freeman en voz, Andy Martongelli en guitarra, Adrián Espósito en batería y Emanuel López en segunda guitarra. La elección de músicos locales sumó una capa más a esa idea de circulación y comunidad; y en ningún momento pareció darse un intento por copiar modismos ni se cayó en fórmulas gastadas de covers intentando ser realistas.
El set también incluyó versiones que hablan de formación e influencias: “Neon Knights”, “The Mob Rules” y “Paranoid” de Black Sabbath, “Over the Mountain” de Ozzy Osbourne, “Electric Eye” de Judas Priest e incluso “Nailed to the Gun” de Fight. Recordar esas referencias es reconocer la cadena que el propio Ellefson utiliza como anclaje conceptual para esta gira. Si bien es inevitable no mencionar cierta previsibilidad en la elección de temas, todo parecería indicar que tanto en el escenario como en la sala se encontró aquello que se venía a buscar.
Mientras la etapa más reciente de Megadeth puede parecer encaminarse hacia un cierre progresivo, uno de sus miembros fundacionales continúa poniendo en juego ese repertorio desde otro encuadre. Lo llamativo de este show es cómo la experiencia trashera desplaza el foco de lo individual hacia la pertenencia histórica de su producción.
En definitiva, el legado no permanece fijo en una estructura única, sino que encuentra nuevas formas de mantenerse vivo. Tal vez ahí radique el verdadero atractivo de la propuesta: observar cómo una parte constitutiva de un fenómeno musical se desplaza, se reinterpreta y se perpetúa frente a una audiencia que ya conoce cada riff, pero que todavía quiere volver a escucharlo.
Por Sofia Alvarez
PH: fedeeche.fotos.de.rock (Gentileza)



