
Lejos de la nostalgia, la banda ofreció un show donde la complejidad se integró con naturalidad y cada tema se sintió más como una experiencia física que como un simple repaso de su historia.
La apertura de puertas suele ser un momento más bien tranquilo, en el que la gente va llegando de a poco, sobre todo después del trabajo. Pero el recital de Symphony X en el Teatro de Flores, el último martes, fue distinto. Desde temprano la sala empezó a llenarse con una expectativa poco habitual para ese horario, con un público que claramente no quería perderse nada.
En ese clima, Virthual, banda local de metal, abrió la noche y cumplió las expectativas. Su propuesta fue de lo melódico a lo más crudo sin perder el equilibrio, y en ese juego también aparecieron las voces, que se movían entre lo limpio y lo distorsionado. El resultado funcionó y dejó el terreno listo para lo que estaba por pasar.
Después llegó el turno de Andy Addams, guitarrista colombiano, que junto a Elizabeth Schembrí en bajo y Chucho Romero en batería, forman la banda elegida que acompaña a Symphony en esta oportunidad. Lo suyo es un metal progresivo instrumental con una fuerte impronta atmosférica, que te mete en clima desde el primer acorde y lo sostienen durante todo el set. El trío también permitió momentos de lucimiento individual, dándole espacio a cada instrumento y mostrando la esencia de esa combinación entre ellos.
Y entonces sí, llegó el momento más esperado de la noche. Después de siete años, Symphony X regresó al país en plena celebración de sus tres décadas de trayectoria. La banda estadounidense, liderada por su fundador Michael Romeo, uno de los guitarristas más reconocidos del género, construyó sus inicios sobre una base de metal progresivo con influencias de grupos como Dream Theater, para luego desarrollar una identidad propia al incorporar elementos de la música clásica y el power metal.
En vivo, esa identidad se potencia. Russell Allen se adueñó del escenario desde el primer tema, Michael Lepond hizo vibrar al público con su bajo, Michael Pinnella sostuvo los climas desde los teclados y Jason Rullo terminó de ensamblar todo con una base firme que le aportó un pulso rockero constante a la noche.
El arranque fue directo con «Of Sins and Shadows», de The Divine Wings of Tragedy (1997), y desde ahí el show se movió entre climas más introspectivos y otros de pura potencia.
Temas como «Sea of Lies» y «Out of the Ashes» afianzaron ese primer tramo sólido, con la banda sonando ajustada y un público ya completamente inmerso.
Con el correr del set, la intensidad fue en aumento. Inferno (Unleash the Fire) y Nevermore empujaron hacia el costado más pesado y moderno, sin perder precisión. El recorrido por distintas etapas de su carrera se volvió más evidente: Evolution (The Grand Design) recuperó ese costado progresivo más clásico, lleno de cambios y con una estructura ambiciosa que la banda ejecuta con una soltura que impresiona, mientras que «Communion and the Oracle» reforzó su perfil más sinfónico y conceptual.
El viaje al pasado tuvo uno de sus puntos más altos con The Accolade, uno de los momentos más celebrados de la noche, no solo por lo que representó, sino la forma de cómo sonó, con una intensidad dramática y extrema precisión.
Sobre el final hubo una breve pausa, de cinco o diez minutos, más que nada para recuperar aire antes del cierre. La vuelta fue con Without You, que bajó la intensidad y abrió un momento más íntimo, seguido por Dehumanized, donde la banda volvió a endurecer el sonido con riffs densos y una base rítmica firme. El cierre quedó en manos de «Set the World on Fire», último tema de la noche, que convirtió el teatro en un coro colectivo y terminó de coronar un show a la altura de su trayectoria.
Por Micaela Perez Carrizo
PH: Martin Darksoul (Cortesía Icarus)



