
Este martes pasado en Uniclub, el cuarteto sueco volvió a Buenos Aires con una presentación demoledora. Hablaron poco y tocaron muchísimo. Apenas algunos comentarios aislados entre tema y tema; el resto fue un flujo prácticamente continuo de blues pesado, hard rock setentero y psicodelia terrosa ejecutada con una convicción aplastante. No había intención de “animar” al público ni de convertir el show en una arenga permanente. La propuesta era dejar que el clima se acumule, que el groove avance lento, que cada riff te atraviese y que todo se volviese algo hipnótico.
Y ahí es donde Graveyard juega en una liga particular del rock. Porque aunque tengan momentos pesadísimos, lo suyo rara vez funciona desde el impacto instantáneo o el pogo automático. Hay algo más narcótico en su música. Más desértico si se quiere. El sonido de la banda, enorme durante toda la noche, ayudó muchísimo a eso. Fue denso y lleno de cuerpo.
De hecho, lo impresionante fue ver cómo una banda así lograba desbordar completamente un escenario del pequeño tamaño de Uniclub. Era inevitable sentir que el venue les quedaba chico, pero no desde la convocatoria, sino desde lo sonoro, de lo expresivo. La banda mantiene una química aceitada desde siempre que entiende perfectamente lo que quiere transmitir. Y lo transmitieron todo. Desde la melancolía bluesera de “Cold Love” hasta la oscuridad mastodóntica de “Hisingen Blues” o el pulso casi stoner de varios pasajes nuevos. Graveyard tocó como si el espacio fuera anecdótico y como si no hubiera habido problemas de sonido desde antes que se abrieran las cortinas.
Por todo esto resultó un tanto desconcertante cierta apatía del público. Hay algo extraño que está pasando con una parte del público del rock. Se nota cada vez más seguido que mirás alrededor y encontrás gente hablando de cualquier otra cosa mientras una pared de amplificadores les está derritiendo la cara a dos metros. Y Graveyard no es precisamente una banda para tener de fondo.
No porque hiciera falta una guerra campal en el medio del recinto, sino porque incluso en los momentos culminantes había sectores enteros inmóviles o reaccionando con una tibieza rarísima para una banda que estaba dejando absolutamente todo. Ni hablar de algunos gritos aislados hacia la banda que no tenían mucho de la chicana simpática acostumbrada y bastante de esa ansiedad contemporánea de necesitar atención constante. Entregarse a un show como este requiere paciencia y cierta disposición a dejarse llevar. Graveyard propone una escucha distinta a la lógica actual del estímulo inmediato.
También hubo tiempo para mostrar las distintas caras de una discografía que envejeció con una dignidad notable con temas como “Breathe In Breathe Out”, “Satan’s Finest” y “Ain’t Fit to Live Here”. Con “Uncomfortably Numb” llegó uno de los pasajes más introspectivos de la noche; hermoso, conmovedor y casi fantasmal..
El episodio más incómodo, y también más revelador de lo que se narra en esta crónica, llegó en el encore. Tras unos minutos de demora, la banda volvió al escenario y lanzó, entre risas, pero no del todo en chiste: Tardamos en salir porque estaban tan callados que no sabíamos si querían que volviéramos. El comentario despertó algunas carcajadas y aplausos tardíos, aunque también dejó flotando una sensación extraña. Graveyard había dado un show enorme frente a un Uniclub prácticamente lleno, pero por momentos parecía estar tocando para una audiencia que no terminaba de entregarse del todo. Con el corte más conocido, “The Siren” el show terminó por fin moviendo a casi todo el público y rompiendo un poco la maldición.
Ellos, igual, siguieron adelante con pasión. Esta banda no seduce buscando aprobación inmediata. Graveyard te arrastra. El problema es que para dejarse arrastrar primero hay que estar dispuesto a soltar el celular, callarse un rato y escuchar cómo ruge el amplificador.
Por Sofia Alvarez
PH: Ce Principe
Galeria Completa






