LA CALIDEZ TAMBIÉN ES GÓTICA. Liv Kristine – El Marquee (14/07/2026)

Once años son más que suficientes para que un recital se cargue de expectativas y también para que aparezca ese miedo silencioso de que el recuerdo sea más fuerte que el presente. Sin embargo, Liv Kristine desactivó esa incertidumbre en cuestión de minutos. No hubo golpes de efecto ni una búsqueda desesperada por vivir del pasado. Lo hizo más simple, siendo ella misma, auténtica.

Lo curioso es que tratándose de una de las voces más importantes que dio el metal gótico, la huella más poderosa de este reencuentro no pasa sólo por lo musical. Pasa por ella, por la manera en que ocupa el escenario. A veces, sin darse cuenta, los artistas pueden levantar una pared invisible entre ellos y el público apenas se encienden las luces. Liv hizo todo lo contrario y entre tema y tema agradeció regalos, dedicó unas palabras, habló del amor por el planeta y pidió que esa noche quedara guardada en la memoria de todos. Y lo mejor es que nada sonó preparado. Mucho menos impostado. Era nomás una artista disfrutando del lugar donde estaba y de la gente que tenía enfrente.

Marquee no es el recinto más grande de Buenos Aires y sin dudas Liv tenga espalda para escenarios bastante más ambiciosos; no obstante, sería difícil imaginar este show funcionando mejor en otro contexto. La cercanía terminó siendo un valor agregado. El metal gótico siempre encontró buena parte de su identidad en los climas, en los detalles y en las emociones que se construyen de a poco, no en el impacto inmediato. En ese sentido, la sala jugó completamente a favor, había una sensación de intimidad que potenciaba cada momento.

También ayudó una banda que entendió perfecto cuál era su función. Sin excesos, sin buscar protagonismo y sosteniendo un sonido impecable durante toda la noche. Michael Hansen fue una pieza clave en todo ese equilibrio, sus guturales aparecieron con la agresividad justa para contrastar la delicadeza de Liv, recuperando esa dinámica que atraviesa buena parte de su historia musical sin sentirse predecible.

El repertorio fue otro de los grandes aciertos. En lugar de ordenar la noche como una recorrida cronológica, que podría ser válida también, las distintas etapas de su carrera convivieron con absoluta naturalidad. Las canciones de Amor Vincit Omnia encontraron su lugar sin exigencia de presentarse como «lo nuevo», mientras que las visitas al universo de Theatre of Tragedy despertaban una reacción inmediata. Por supuesto, bastó que sonaran los primeros acordes de «Venus» para que la emoción tomara la delantera; no había demasiado misterio, muchas de esas personas llevaban años esperando volver a escuchar esas canciones en vivo.

Pero incluso en esos picos de euforia, el concierto nunca perdió su eje. No fue una noche construida sobre los clásicos, ni sobre el peso de la historia, sino que hubo algo mucho más atractivo. Solo una artista en paz con su recorrido, sin obligación de demostrar nada,sin correr detrás de una versión idealizada de sí misma, tan solo disfrutando de cantar esas canciones otra vez. Quizás por eso sus show dejan una sensación tan particular. Liv Kristine nunca parece preocupada por impresionar a nadie. 

Después de tantos años, ella sigue transmitiendo una calidez poco habitual arriba de un escenario. Sobre todo habitando un género que muchas veces construye su identidad desde la oscuridad, ella encontró una manera muy distinta de conectar con la gente. Más cercana, más humana; y por eso mismo, profundamente memorable.

Por Sofia Alvarez
PH: RTS























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