
Los Altares y Ararat compartieron escenario en C.C. Bula, un sótano porteño con humedad, telón rojo y humo de sobra. Dos propuestas de nicho, una que usa la experimentación como método y otra que usa el peso como argumento, en una noche que se sintió más cerca de una sesión que de un recital.
Abrieron Los Altares, que están terminando de registrar su primer disco, Una semana de silencio. En vivo arman una formación de guitarra y voz, bajo, sintetizadores y batería, más un set de aparatos difíciles de distinguir para quien no está en el mundo del audio. Shoegaze y post-rock con más interés en construir espacio que en casarse con definiciones o etiquetas.
Los Altares es un proyecto relativamente reciente. Las canciones nacieron originalmente en formato solista durante distintos viajes por Chubut, para después crecer con la incorporación de otros instrumentos y artistas entre Rosario y Buenos Aires. La formación actual reúne a Julieta H. en guitarra y voz, Matías Figueredo en bajo y sintetizadores y Juan Robles en batería. No hay demasiado material de la banda dando vueltas todavía, así que por ahora la mejor manera de entender qué están haciendo es, justamente, verlos en vivo y dejarse afectar.
Después subió Ararat, con Sergio Chotsourian y Gaston Gullo. Formación mínima de bajo, batería y voz, y una masa sonora que se mueve entre el sludge, el stoner, el doom y el drone. Con esta formación reducida tienen un sonido deliberadamente áspero, con amplificadores, fuzzes y micrófonos elegidos para conservar el carácter físico de cada herramienta. Chotsourian plantea su música, sin abandonar la profundidad que lo caracteriza, como algo directo y pesado. En vivo eso se sostiene, hay un bajo distorsionado que tiene presencia, una batería que empuja y corta, y una voz que a veces al frente, a veces tragada, pero que aparece con mucha precisión.
Ararat tiene más de una década de recorrido y está directamente ligado a la trayectoria de Ch, figura central del rock pesado y experimental argentino desde su etapa con Los Natas. El proyecto comenzó en 2009 y fue mutando de formación y sonido a lo largo de sus diferentes discos, siempre alrededor de una búsqueda que combina rock pesado, psicodelia y stoner. Para esta etapa, está acentuado todavía más lo crudo de la propuesta.
Más que un recital, la noche se sintió como una sesión, casi como un ensayo abierto. A veces envolvente, a veces incómodo, siempre con las dos bandas probando hasta dónde se puede estirar la experiencia y qué tan bien convive el sonido del clic de un encendedor repitiéndose desde el público casi al compás.
Por Sofia Alvarez
PH: Cuervo Deth (Archivo Metal Argento)



